Cómo distinguir los diferentes tipos de urbanización y sus impactos en nuestras ciudades

Cuando un nuevo desarrollo residencial surge en la frontera de un campo y un antiguo almacén se transforma en viviendas en el centro de la ciudad, estas dos operaciones pertenecen a la urbanización, pero no producen en absoluto la misma ciudad. Distinguir estas formas permite entender por qué algunas aglomeraciones se expanden mientras que otras se densifican, y lo que esto cambia para los habitantes, los suelos y los presupuestos públicos.

Expansión urbana, densificación y renovación: tres lógicas muy diferentes

La palabra “urbanización” abarca realidades opuestas. Para verlo con claridad, es necesario razonar en función de lo que ocurre en el suelo.

La expansión urbana se refiere a la construcción en tierras que hasta ahora no estaban edificadas: campos, praderas, bosques. Es el modelo de vivienda unifamiliar clásico, con sus zonas comerciales en la periferia. El suelo se artificializa, es decir, pierde su función ecológica (infiltración de agua, almacenamiento de carbono, hábitat para la fauna).

La densificación, en cambio, consiste en construir más en un espacio ya urbanizado. Elevar un edificio, dividir un gran terreno en dos parcelas, añadir un piso a un aparcamiento existente: el perímetro construido no se amplía, pero acoge a más gente.

La renovación urbana va más allá: recicla terrenos ya ocupados. Un terreno industrial se convierte en un barrio mixto, un bloque deteriorado es demolido y luego reconstruido. Este enfoque limita el consumo de nuevos suelos mientras moderniza el tejido existente. Para explorar en detalle los diferentes tipos de urbanización según Encherimmo, cada lógica se describe con sus propios mecanismos.

Expansión urbana residencial en la periferia de la ciudad mostrando el impacto de la urbanización difusa en el territorio

Urbanización y artificialización de suelos: lo que la ley ZAN cambia concretamente

En Francia, la trayectoria de urbanización acaba de cambiar. La ley Clima y Resiliencia del 22 de agosto de 2021, reforzada por la llamada ley ZAN 2 del 20 de julio de 2023, establece un objetivo jurídicamente vinculante: cero artificialización neta para 2050.

La etapa intermedia es igualmente estricta: el consumo de espacios naturales, agrícolas y forestales debe reducirse a la mitad durante el período 2021-2031 en comparación con la década anterior. No es un deseo vano, es exigible ante un tribunal.

Consecuencia directa sobre los permisos de construcción

¿Tienes un terreno clasificado como “a urbanizar” en tu municipio? Si el PLU o el PLUi no ha integrado la trayectoria ZAN para el 22 de febrero de 2028, ninguna autorización de urbanismo podrá ser otorgada en estas zonas. El grifo se cierra mientras el documento no se actualice.

Este plazo empuja estructuralmente a las colectividades hacia la densificación y el reciclaje de terrenos. Los municipios que cuentan con terrenos vacíos o “dientes de sierra” (parcelas no edificadas enclavadas en el tejido urbano) se ven favorecidos en comparación con aquellos cuyo desarrollo se basaba únicamente en la expansión.

Impactos concretos en la vida cotidiana según el tipo de urbanización elegido

La elección entre expansión y densificación no concierne solo a los urbanistas. Se repercute en la vida diaria de cada habitante.

  • Movilidad y dependencia del coche: en una zona expandida, las distancias entre el hogar y el trabajo, la escuela y los comercios aumentan. El transporte público rara vez es rentable, lo que hace que el coche sea casi obligatorio.
  • Costo de las redes públicas: cada metro lineal de carretera, canalización o cable cuesta lo mismo de instalar, ya sea que sirva a diez viviendas o a cien. La densificación reduce el costo por habitante de estas infraestructuras.
  • Biodiversidad y gestión del agua: la artificialización impermeabiliza los suelos. El agua de lluvia corre en lugar de infiltrarse, lo que amplifica los riesgos de inundación y reduce la recarga de los acuíferos.
  • Efecto de isla de calor: las formas compactas sin suficientes espacios verdes pueden sobrecalentarse en verano, mientras que una expansión residencial con jardines limita este fenómeno localmente, a costa de un consumo de suelo mucho mayor.

Ningún modelo es perfecto. La densificación mal concebida genera hacinamiento y tensiones sobre el estacionamiento. La expansión, incluso controlada, consume terrenos agrícolas cuya valor ecológico y alimentario se pierde definitivamente una vez que se vierte el concreto.

Urbanista profesional observando una ciudad mixta desde una terraza, simbolizando la planificación urbana sostenible

Formas urbanas y biodiversidad: un criterio aún subestimado

La Fundación para la investigación sobre la biodiversidad (FRB), en colaboración con el Museo Nacional de Historia Natural, ha llevado a cabo una revisión de los conocimientos sobre los vínculos entre morfologías urbanas y biodiversidad. La conclusión principal: todas las formas de urbanización no son igualmente válidas para la fauna y la flora.

Un gradiente simple “rural a urbano” no es suficiente para describir la realidad. La complejidad espacial cuenta tanto como la densidad. Un barrio compacto con corredores ecológicos (setos, franjas herbáceas, techos verdes) puede albergar más especies que un desarrollo periurbano donde cada jardín está cercado y cortado al ras.

Lo que esto implica para los proyectos de urbanismo

Los urbanistas hoy en día tienen palancas concretas para integrar la biodiversidad en sus elecciones de forma urbana:

  • Mantener continuidades vegetales entre los espacios verdes, incluso estrechas, para permitir la circulación de las especies.
  • Preferir la elevación a la extensión en el suelo cuando la edificación existente lo permita estructuralmente.
  • Integrar superficies permeables (zanjas, adoquines con juntas herbáceas) en las operaciones de renovación urbana.

Estas elecciones técnicas no son un lujo. Condicionan la capacidad de una ciudad para gestionar las aguas pluviales, limitar las islas de calor y mantener un entorno de vida atractivo a largo plazo.

La tendencia reciente en Francia muestra, de hecho, que el consumo de espacios naturales está orientado a la baja desde mediados de la década de 2010. Esta disminución no está solo relacionada con la regulación: también refleja una toma de conciencia sobre los costos reales de la expansión, tanto para las finanzas municipales como para los ecosistemas. El marco ZAN acelera esta inflexión, pero solo formaliza un movimiento ya iniciado por las restricciones económicas y ecológicas del terreno.

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